Cual ave intempestuosa, abocada a la libertad, alzaré mis alas al viento y marcharé, como siempre, sin mirar atrás. Allá adelante me espera algo prometedor, si no grande, quiero pensar, mas es un detalle sin importancia, sobre todo cuando las ansias por escapar me ciegan y sé que es imposible el regresar. He olvidado en mi pasado aquello que yo pensaba que era mi vida y su forma angustiosa de ver los pequeños toques que nos pasan día a día.
Cuando se atrevan a juzgarte como persona sin preguntar tu opinión o lo que tú puedas sentir, cuando crean conocerte y levanten juicios de valor acerca de si mereces la pena o no sea cual sea el rol que te pongan como etiqueta en sus vidas, y cuando intenten guiarte por una visión de la vida errónea a tu parecer y demasiado extraña para, como mínimo, comprenderla... En ese mismo momento te darás cuenta del nivel de imperfección y tristeza como raza que te da tu especie. Intentas diariamente entender por qué se mueve en esos círculos viciosos, en esas mentiras políticamente correctas, y por qué te convidan a entrar en un baile macabro en el cual no pediste invitación. Formas parte de esa masa de morbo y especulación de una manera indirecta, y aunque pienses que no ha entrado su veneno en tu cuerpo, tus venas mismas están hechas de la misma ponzoña con la que los demás te impregnan si pasan por tu lado y te rozan. Escapar es inútil y de esa impotencia que surje cuando, finalmente, terminas por enterarte de la sinopsis del juego, es de la que nace la fuerza, la resistencia, la entereza y la determinación de mantenerte en tu puesto aun cuando se lancen piedras contra ti, cuando se cuestione tu filosofía, cuando se critique tus reglas de supervivencia y cuando se atrevan a juzgarte cuando son, si cabe, más imperfectos que tú. Eso es lo que más les enfada y, curiosiamente, lo que mejor sé hacer.
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